16-IV-08


Ahora mismito estoy leyendo el Cantar de los Nibelungos. No, no es una copla. Ya llevo un buen rato en esta travesía que es la épica y no sé cuándo me voy a apear. De momento he viajado desde Sumer hasta Wörms pasando por Troya o el Lacio, y cada vez resulta más interesante por las similitudes y factores comunes que se encuentran en toda esta imaginería épica. A quien le interese el género debería hacer estas paradas obligatoriamente, y este Cantar no deja de ser un ‘must’.

Me interesaría hacer una recomendación del libro sin mentar las palabras “amena”, “fácil de leer”, “sencilla”, “ligera” y derivadas, simplemente porque no se matan las horas leyendo el Cantar de los Nibelungos. Se matan las horas leyendo a otros autores (mal empleo la palabra, ya que sabe Godot quién ha escrito esto), pero no una obra como este cantar. Es extremadamente sencillo trazar paralelismos entre el Cantar del Mío Cid y el Cantar de los Nibelungos, así que si uno conoce lo primero creo que sabe lo que se puede encontrar poco más o menos, aunque los germánicos hicieron más concesiones a la fantasía.

Es muy posible que yo diga Cantar de los Nibelungos y la mayoría de quienes me lean tenga en mente a una serie de mujeres montadas en briosos corceles bajando desde el cielo y recogiendo a los héroes caídos en las batallas. Wagner hace una interpretación bastante libre del libro y se basa más bien en las sagas nórdicas (Volsung Saga) que en esto. O sea, que cualquier parecido con el libro es prácticamente una casualidad. Empezamos bien, entonces. Pero aunque Wagner haga cosas raras (al fin y al cabo, crear) el espíritu es básicamente el mismo. No se trata de hacer una profunda reflexión sobre la existencia del ser humano, ni de jugar con el lenguaje, ni de experimentar con técnicas narrativas. Se trata de realzar la figura de un héroe que inspira a toda una nación, de mostrar los valores del hombre virtuoso, de encontrar en la guerra el mayor placer al que puede aspirar el hombre. Son, por ello, frecuentísimas las hipérboles, los epítetos, y otros recursos que impresionaban y motivaban al que antaño escuchaba estas gestas. Teniendo esto en mente, y sólo teniendo esto en mente, se puede disfrutar del Cantar de los Nibelungos. De otra forma este libro no dejaría de ser una historia de muchas páginas. Lo cierto es que no llega a la altura de Homero o de Virgilio, pero es que diría que se tardó mucho en alcanzar el nivel de los poetas de la antigüedad, y no ocurre precisamente en la Edad Media.

Cambiando de tema, también tengo la versión original de Othello en la mesilla de noche (“érase una vez una mesilla de noche a una pila de libros pegada”), pero el vocabulario del s. XVII me mata (“But he (…) evades them, with a bumbast circumstance horribly stuff’d with epiteths of war, and in conclusion, nonsuits my mediators”… ¿a quién pretenden engañar?). Así que de momento lo voy a cambiar por Heart of Darkness (El Corazón de las Tinieblas, en español) de Joseph Conrad, porque no tengo tiempo para hacer estudios casi aritméticos de la obra de Shakespeare, y como ya he visto que se ha recomendado aquí mismo, la unión hace la fuerza, o algo así.

Por cierto, no sé si me llena de orgullo o de pena tener que estrenar esto.

19-IV-08


Here comes a new challenger! Las Meditaciones de Marco Aurelio se han colado entre mi lista de lecturas. Soy plenamente consciente de que en una semana deberé hacer una pausa y meterme de lleno con La Familia de Pascual Duarte pero seguiré a lo mío de mientras. Tampoco es que las Meditaciones sean largas, precisamente.

Hay algo del Clasicismo que llama atención. No sé si porque fue, como hacen las estrellas, el esplendor anterior a la debacle, o porque ellos pusieron la primera piedra de absolutamente todo lo que conocemos hoy en día. Conceptos que manejamos hoy con naturalidad no tendrían sentido sin un mundo grecolatino que los respalde. En cualquier caso, sería largo hablar de esto y es preciso ceñirme a Marco Aurelio si quiero acabar aquí y ahora (yo y mis manías de escribir de madrugada). Marco Aurelio es el ideal platónico de gobernante. Emperador y filósofo (estoico), también fue, como hacen las estrellas, el esplendor anterior a la debacle (romana). Su hijo, Cómodo, se convirtió en el principio del fin. Lo cierto es que resulta extraño que de un hombre tan virtuoso descendiera un crío tan vicioso y despótico, como si el propio Marco Aurelio hubiera expulsado y materializado sus defectos a través de su hijo. El libro al que me refiero no es más (ni menos) que una recopilación de reflexiones sobre la vida, la moral, la naturaleza y la divinidad y otros tantos asuntos que habían fascinado a multitud de filósofos en la antigüedad. Se puede considerar como una buena síntesis de lo que supone y significa el estoicismo a partir del Helenismo. Hoy en día nos queda el adjetivo "estoico" aplicable a quien se muestra imperturbable ante los problemas y 'aguanta el chaparrón' sin perder la compostura. Eso, evidentemente, tiene base en esta filosofía, en concreto, en el concepto de que nada en la naturaleza es malo. Me parece fundamental rastrear los orígenes de la terminología que usamos en la actualidad y creo que es la única forma de hablar con propiedad, dicho sea de paso.

Bueno, me pesa el reciente viaje a Emerita Augusta, así que seré breve: leedlo. Hace reflexionar. Y reflexionar siempre es bueno. Quien cree que sabe no tiene posibilidad de ampliar sus conocimientos, nunca.